Hay días en los que extrañamente nos sentimos bien. Sentimos a la inversa. No sabemos por qué, no hay motivos, pero somos más positivos aunque los balances sean negativos. Dejamos de apostar a cuán mal van a salir las cosas hoy porque sabemos, a fuerza de derrotas, que seguiremos sobreviviendo aún en contra de nuestra voluntad. Porque a veces siento que me muero. Pero mi cuerpo es algo más fuerte que eso. Dios me dió lo más importante que es el alma, y con ella puedo sentir. Pero también me dio este cuerpo para que, cuando el alma no de más, tengamos algo con que vivir. No me siento muy bien hoy. Y de eso tengo bien claro el por qué. Está tan delimitado que tiene nombre y apellido. Pero por más de que pensaba que sin él se acababa el aire, que sin él ya ni siquiera me llamaba por mi nombre, que los relojes comenzarían a girar hacia la derecha solo para poder recordar; nada de eso pasó. Me doy cuenta que puedo vivir a pesar de todo, aunque no elija vivir de esta manera. Puedo. No quiero, ni elijo, ni se me antoja, ni disfruto, ni deseo, ni tengo ganas, ni me gusta, ni lo pido, ni lo merezco. Pero puedo
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario